Economía y ciencia (Ec3)

La victoria del espíritu científico provocaría sobretodo en el siglo XVII -a raíz de numerosos descubrimientos geográficos-, la confianza ciega en el progreso como proceso de acercamiento a la verdad absoluta.

Antes de este momento, el pesimismo con referencias a civilizaciones anteriores como la griega o la romana, impedían creer en el Hombre.  El pensamiento cristiano medieval, tampoco aportaba nada en esa dirección. La creencia en el pecado original, el fin del mundo o el juicio final, lo corroboraban.

De forma más general en cambio, el cristianismo generalizó la conciencia del ser humano como una unidad sobre la Tierra, con la capacidad de crear un nuevo orden de ideas.  Charles Davis, al separar lo divino de lo natural, rompió con la relación hombre-naturaleza y le despojó de su sentido moral. Esto último, desencadenaría la necesidad de experimentación del ser humano en un campo de pruebas sin límites -la Tierra-, degradando el entorno en aras del progreso. El objetivo era devolver al hombre el papel que tuvo al comienzo de la creación, ligando ciencia a la idea de Providencia, inicialmente.

Con el avance, la idea de progreso se iba alejando de la ortodoxia religiosa apoyada por la teoría mecánica de Descartes. Por lo dicho, en el siglo XVII se forjó el contexto en el que era necesario dar un sentido al progreso, ligándolo con la necesariedad del ser humano de avanzar de forma segura, con un rumbo claro.

Más tarde llegó el Orígen de la especies de Charles Darwin. Esto desaceleró la creencia antropocentrista,  sin desacreditar al progreso en general. Algunos autores desviaban la atención alegando que el avance de la especie humana venía dado por una evolución de la especie hacia la perfección. Darwin, esto último nunca lo afirmó completamente, lo  que le costó el alejamiento respecto a Karl Marx, que confiaba sus teorías para  trasponerlas a la evolución de la sociedades-.

Las elaboraciones de Marx desplazaron al campo de lo social las discusiones sobre el freno al crecimiento de la población, o la producción, mientras que los “economistas clásicos” defendían las limitaciones de la tierra -o de la Tierra, si se prefiere-. La fe en el poder de la tecnología para poder substituir los impedimentos físicos por el capital, estaba expuesta.

En el siglo XIX y con una gran cantidad de avances tecnológicos, se devolvió al hombre su posición central en el universo, con una sacralización de la ciencia corriendo en paralelo.

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