Non-tourists Barcelona, cap.2 (Granja Viader)

Entre el contenido y el continente, a veces hay mucha distancia. Entre el chocolate que había en la taza y la exquisitez del local hay poca, muy poca. Muchas son las ocasiones que he pasado por delante pero nunca me he parado a ver en su interior ni mucho menos a averiguar como un local tan discreto tiene tanta historia.

Al entrar no hay cola, aunque todas las mesas están llenas. Nadie levanta la mirada como si fuese una cantina al más puro estilo western, y eso se agradece. Pasas desapercibido, te sientas y miras las carta, se acerca el camarero -que no te saluda esperando a ver en que idioma le hablas-, y pides lo que más deseas. Lo ves desaparecer mientras te hipnotizan las fotos que te envuelven. Descubres unas pantallas del revés que se graban a fuego en tu retina -granja Viader-…

Miras al suelo, y crees que no ha pasado el tiempo, pero si los años. Vuelves a la mesa, a la taza, a la cuchara y al azúcar. Sientes que te llevas el dedo a la boca y descubres que has acabado.

Te sientes solo y nadie te molesta. Te levantas y sales por la puerta. No recuerdas la entrada porque la calle es muy estrecha. Todo ha sido como un sueño. En el salón de tu casa con tu taza de chocolate, en silencio y protegido. Solo recuerdas que allí se inventó el Cacaolat y que volvería a tropezar.

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